martes, 18 de octubre de 2011

HISTORIAS E HISTERIAS 3


 
EL ROSARIO FOSFORESCENTE
(Una historia tan falsa como la vida misma y tan real como la imaginación de un niño)


Siempre recordaré las sensaciones que me invadían cuando viajábamos a Castilla La Mancha a visitar a mis abuelos; su casa era muy grande y con unos pasillos tan largos que se hacían eternos. Las puertas eran de madera oscura y maciza y tenían esos típicos cuarterones castellanos. Las paredes estaban repletas de retratos no sólo de Jesucristo sino de padres y abuelos de mis abuelos; eran como fotos de fantasmas que habían tenido un día de perros. Siempre me pregunté: ¿Pero que diantre le pasaba a la gente de principios de siglo? ¿Por qué tenían que poner esas expresiones como de cadáver recién embalsamado? ¿Por qué todo el mundo parecía vestir mortajas? Amenudo tenía horribles sueños lucidos en los que me imaginaba viviendo en una de esas épocas y se me encogía el corazón.
Luego estaban las fotos enmarcadas en las que aparecían vírgenes; había una en especial en la que en blanco y negro se veía un campo árido, y sobre este, un cielo tormentoso, y sobre las nubes, la virgen.
Siempre he pensado que la cultura católica es algo abruptamente tétrico y siniestro. Esa forma de representar a sus deidades es como una metáfora de muerte y sadismo: figuras inmóviles de rostros tristes y lacrimosos, cuerpos heridos y sangrantes, escenas de sufrimiento y tortura en donde los mártires miran al cielo en busca de ayuda, pero su final siempre fue y será trágico, y sin embargo los creyentes obligan a estos personajes a revivir su tormento una y otra vez.
También habían algunos cuadros de Don Quijote cosa que yo agradecía mucho ya que mirarlos de vez en cuando me hacía olvidar aquella atmósfera tan opresiva, pero en el pasillo estaba aquella foto en la que se veía a Jesucristo portando la cruz; iba ataviado con una túnica de terciopelo color morado nazareno, y su cara estaba cubierta de sangre que emanaba de las heridas que la corona de espinas le había provocado. Yo miraba esa foto con los ojos muy abiertos y sentía terror, auténtico terror.

En aquél lugar me sentía rodeado de puro misterio, horror y folclore.

La abuela tenía unos vecinos bastante pintorescos; por un lado estaba ''Santos'', que debajo de  su casa, en un garaje subterráneo, tenía un taller donde se dedicaba a restaurar carrozas religiosas, santos de iglesias y todo tipo de símbolos católicos. Amenudo bajaba a visitarle cuando me aburría durante las tediosas tardes de verano. Me perdía entre aquellas ancestrales y tristes obras de arte. Recuerdo el olor a barniz, pintura y madera tallada que desprendía aquel fantástico lugar. Pasaba horas cegado por el brillo del oro con el que Santos cubría los ornamentos de las increíbles carrozas, y me estremecía mirando los rostros de los santos, con sus expresiones de agonía. Me sentía muy pequeño bajo la sombra que aquellas esculturas proyectaban sobre mí, y en mi interior crecía un inmenso terror hacia dios, Jesucristo y todos sus amigos.
Los vecinos de arriba eran gente normal, excepto que en su casa vivía la que posiblemente fuera mujer más vieja que he visto en mi vida; había perdido la vista y sus pupilas se habían vuelto blancas. Su piel era extremadamente arrugada y su cuerpo era tan delgado que no podía mantenerse en pié, así que se pasaba los días sentada en un sillón que se hallaba en una habitación a la que solo se podía acceder mediante una puerta ''secreta'', y digo secreta por que desde fuera era una librería. Hacía poco tiempo que a aquella anciana le habían extirpado un pulmón y le costaba respirar. La ventana de la habitación donde la señora vivía daba a un patio-tragaluz compartido con nuestra habitación, y cada tarde, cuando intentábamos dormir la siesta podíamos escuchar su agónica respiración. Era algo perturbador. Mientras escuchaba sus largos jadeos podía imaginar su cara, mirándome con sus blancos y dañados ojos mientras abría lentamente su desdentada boca que, una vez abierta se asemejaba a un oscuro abismo.
Luego estaba aquella parroquia romana situada al lado de la casa, en un parquecillo que por las noches se convertía en un paisaje inhóspito y tenebroso. En dicha iglesia vivía un mujer que se encargaba del mantenimiento y de dar las campanadas, y siempre que éstas tañían, sentía como si una amenaza se acerca.

En esa parte del país la gente es muy religiosa y supersticiosa, y la abuela no era ni mucho menos una excepción; siempre hablaba de "El Señor'' y de los pecados, y nos asustaba diciéndonos que no nos mirásemos en los espejos a partir de medianoche y, aunque jamas nos aclaró cuales habrían sido las consecuencias, nosotros acatamos esa orden. Recuerdo a mi hermana y a mi prima maquillándose a toda maquina cuando estaban apunto de salir de marcha y faltaban apenas unos minutos para las doce.
Por las noches, la abuela se sentaba en el porche de la casa junto a su inseparable amiga Etelvina y rezaban durante más de dos horas. De vez en cuando se ponían a hablar de promesas incumplidas a los muertos y de como las animas de estos atormentaban a aquél que había prometido e incumplido, hasta que éste cumplía o celebraba una misa en su honor. Aquellas ancianas conocían infinidad de historias que podrían haberle helado la sangre a cualquiera.
Siempre que mis padres salían por la noche a tomar algo, y mi hermana y mi prima también, yo tenía que quedarme allí, con la abuela, acompañándola durante las siniestras tertulias que tenía con su amiga, para luego irme a dormir solo hasta las tantas de la madrugada. Como la abuela sufría de insomnio desde niña, se limitaba a rezar múltiples plegarias de todo tipo cuando se tumbaba en la cama. Rezaba por ella, por mi abuelo, por todos y cada uno de los miembros de la familia, por las amistades y por si acaso, rezaba por todas aquellas personas del mundo que no tenían quien les rezara. Lo hacía en voz alta y hasta que se dormía; se la podía escuchar desde las otras habitaciones y cuando ya llevaba un par de horas, podías notar como tanto el ritmo del rezo así como la intensidad de la voz perdían potencia, haciendo que la esperanza de que acabara de una vez te invadiera, pero cuando parecía que ya iba a caer dormida y el silencio iba a reinar... volvía a empezar con mas intensidad, empujando las palabras y las frases con ahínco. Todo esto acompañado de los espectaculares ronquidos del abuelo, personaje tímido que hablaba tan poco que parecía que ni siquiera estuviera ahí, exceptuando cuando dormía.

En una ocasión, al volver la abuela de una de sus excursiones religiosas, trajo un obsequio para mi hermana, mi prima y para mí; era un rosario fosforescente. En mi vida había visto semejante invención; ¡Un rosario fosforescente que brillaba en la oscuridad!
Solíamos dormir los tres juntos en una alcoba con dos camas, yo dormía siempre con mi hermana que, igual que yo, era propensa a sentir pánico gratuito durante la noche. La abuela nos acompañó a la habitación y colgó en rosario en el cabezal de la cama donde Eli, mi prima, solía dormir. Dijo que mientras el rosario estuviera allí, este nos protegería cada noche de morir mientras dormíamos.
La primera vez que dormimos con el rosario en el cabezal nos costó conciliar el sueño debido a la potente luz verdosa que este desprendía. La habitación adquiría un tono tétrico y a mi me recordaba al interior de una iglesia; además la luz reverberaba sobre el rostro de Eli y le hacía parecer un cadáver. Mientras miraba su semblante dormido y cubierto de verde, podía oír los rezos de la abuela y eso me aterraba. Pasaron varias noches y el rosario empezó a asustarnos a los tres, así que decidimos esconderlo en el cajón de una de las mesitas de noche. Pero a la noche siguiente volvía a estar ahí, reluciendo incandescente. Seguramente fue mi abuela que, mientras limpiaba debió hallarlo y lo volvió a colgar. Esta escena se volvió a repetir varias veces; siempre que escondíamos el rosario ella lo encontraba y lo volvía a dejar allí, o por lo menos eso era lo que creíamos.

-¡Maldita sea!. La Yaya ha vuelto a colgar el rosario.- dijo Eli con frustración.
-Si – añadió Alba- Deberíamos esconderlo en algún sitio donde no suela limpiar cada día-.
Yo era el más pequeño de los tres, y siempre tenía miedo de dar mi opinión, pero aquél día tuve una genial idea, así que tímidamente dije:
-Podríamos esconderlo en la habitación del final. Allí nunca va nadie.
Eli y Alba me miraron con los ojos muy abiertos y al unísono dijeron:
-La habitación del final-. En sus voces podía notarse esa chispa de horror que sentíamos hacia aquella siniestra habitación situada al fondo del último pasillo que había en la casa. Para llegar allí, se tenía que atravesar toda la vivienda, cosa que conllevaba a caminar a través de los dos pasillos que serpenteaban a lo largo de toda la casa y, pasado el último lavabo, había una curva que al tomarla te llevaba al último pasillo, al final del cual, reinaba una puerta, tras la cual se hallaba la última habitación.
Eli, que era la mayor y por lo tanto la líder, decidió que iríamos los tres juntos; cada uno agarrado a la camiseta del otro, y ella iría delante, con una linterna, puesto que en aquella habitación no había luz. Nos detuvimos en la boca del pasillo, mirando la puerta. Los nervios y el miedo que nos invadía agudizó nuestros sentidos y el silenció se volvió tal que todos los sonidos se multiplicaron por mil. Podíamos escuchar todo el ambiente. Eli dio el primer paso de puntillas, como si temiera despertar a algo que se hallara durmiendo en aquella habitación y los huesos de su tobillo crujieron.
-Aii Eli, no hagas tanto ruido- dijo Alba con pavor.
-Ha sido sin querer.
Yo iba detrás y de vez en cuando echaba una mirada a mis espaldas. Temía que algún espíritu estuviera detrás de mí, inclinado, con sus ojos muy abiertos y con su cara cerca de mi nuca.
-No quiero ir detrás Alba, tengo miedo.-dije.
-Está bien, ponte en medio pero callate ya.
-¡Callaos los dos!- ordenó Eli con un autoritario susurro.- Escuchad, se oye algo ahí dentro-.
Era una respiración agónica, como la de la anciana que vivía arriba aunque algo distinta, daba la sensación de que por momentos, aquellas respiraciones no pertenecían a una mujer, sino a un hombre.
Alba agarró mi camiseta con mas fuerza y dijo:
-Es la hora de la siesta, tiene que ser la vieja de arriba.
-Es verdad -dijo Eli esbozando una tímida sonrisa que delataba su alivio-.
Yo sentía algo distinto, como si tuviera la certeza de que aquella respiración viniera de dentro de la habitación. No quise decir nada por que lo que quería en aquellos momentos era esconder aquél dichoso rosario y que nos largáramos de allí de una vez. Me aferré a la camiseta de Eli y aplasté mi rostro contra su espalda para no ver nada. Empezamos a caminar, esta vez con decisión.
Elí giró el pomo y cuando la puerta se abrió, esta emitió un chirrido largo y triste. La respiración se escuchaba más fuerte, puesto que en la habitación, en lugar de haber una ventana, había una puerta que daba al patio-tragaluz donde se encontraba la ventana de nuestra habitación y la de la anciana.
Allí estábamos al fin, en aquel siniestro lugar, de paredes bastas pintadas de blanco, con una cama de madera tan oscura que parecía estar hecha de pedazos de cielo nocturno. En la pared, además del cuadro de la virgen sobre cielo tormentoso, había también un foto-retrato de un hombre vestido de negro en cuya cara había una expresión tan severa que parecía irradiar un odio ancestral. Nos miraba con el ceño fruncido y con aquellos ojos que parecían rombos tumbados.
A pié de pared, todo el suelo estaba repleto de zapatos viejos y cirios de colores, como los de las iglesias.
-Vamos Eli- dijo Alba – Dejalo donde sea y vayámonos de aquí ya.
Yo estaba temblando; no quería mirar a mi alrededor, solo podía dejarme llevar, como si fuera un títere. Eli levantó con dificultades el pesado colchón y depositó el rosario sobre el somier, pero el colchón era tan pesado que se le escapó de las manos y éste cayó sobre la cama haciendo un potente ruido, y al ruido le siguió una fuerte respiración que se fue acelerando hasta convertirse en horribles arcadas. Eli y Alba se asustaron tanto que al intentar salir corriendo de la habitación me pasaron por encima. Eli golpeó mi cara con el codo al darse la vuelta, yo caí al suelo atontado y desde allí pude ver como abandonaban la habitación y la puerta se cerraba, dejándome allí solo, en la más absoluta oscuridad, con lo que fuera que hubiera dentro de aquella habitación. En unos instantes recuperé el sentido y empecé a gritar desesperadamente:
-¡No! ¡Socorro! ¡Alba! ¡Eli! ¡Hay alguien aquí! ¡Hay alguien aquí!
Había alguien allí; estaba jadeando a mi lado, muy cerca de mi oreja. Yo no podía levantarme, estaba paralizado por el horror, solo podía intentar gritar con todas mis fuerzas, pero cuanto más lo hacía más fuerte se oía la respiración. Seguí gritando, pero Alba y Eli me habían abandonado.
-¡Yaya!- grité- ¡Yaya!-.
-¡Raulico!- Oí llamar a mi abuela desde la otra punta de la casa.
La respiración cesó al oírse la voz de mi abuela y entonces fue cuando oí aquel lamento, aquel murmullo tan agudo y tétrico, como de un alma en pena. Y luego oí una voz:
-No... lo.. de..jes.... ni..ño...-.
La puerta se abrió de repente y la luz penetró en la habitación, iluminándola por completo. En el umbral de la puerta pude ver la graciosa y redondita silueta de mi abuela, la cual solo medía un escaso metro y medio. Me levanté de golpe y corrí a abrazarle, pero ella sacó un trapo y empezó a atizarme con él mientras me regañaba:
-¿¡Por que sus portáis tan mal!? ¡Que me tenís frita!.
Seguía atizandome con el trapo, pero no me hacía daño y no me importaban sus reniegos; estaba a salvo y eso era lo importante. De fondo podía escuchar las risas de Eli y de Alba. Pero no me dio igual; aquella respiración, y aquella horrible y triste voz... ya no se escuchaban.
La abuela dejó de atizarme y me abrazó mientras me preguntaba:
-¿Por que gritabas? ¿Que te ha pasao?
-La mujer de arriba, estaba respirando en esta habitación. La puerta se cerró de golpe.
-La mujer de arriba no ha podío ser Raulico.- dijo extrañada- Anoche se la llevaron al hospital y este medio día me han llamao que se ha muerto-.
Detrás de mi abuela, en la entrada del pasillo estaban Eli y Alba, que me miraban con ojos de asombro y complicidad. Sea como fuere y por lo que fuere, los tres habíamos escuchado aquella respiración.
-Ai mi Raulico que guapo que es.- Solía decirme la abuela- Que dios te bendiga y si te portas bien, el señor te vendrá a ver por la noche.-

Solo tenéis que imaginar el pánico que me invadía cada vez que me decía eso.

Había sido un día que jamás olvidaríamos, y al llegar la noche nos fuimos a dormir con un miedo indescriptible; temíamos volver a escuchar aquella respiración y, aunque eso no sucedió, decidimos dormir los tres en la misma cama. Tardé varias horas en dormirme y el miedo era tal que agradecía poder oír a la abuela rezar y al abuelo roncar.

Me despertó un sutil sonido; era como si algo se arrastrara por el suelo, pero sonaba lejano. Provenía de algún lugar en la otra punta de la casa. Levanté la cabeza ligeramente, para poder escuchar mejor. Era un ruido intermitente, algo que se arrastraba y de repente se detenía. Cada vez sonaba más cerca.
-Alba, Eli. - Susurré; intentando despertarlas, pero no se movieron.
¿Que era aquél sonido? Parecía provenir del pasillo más largo de la casa, que era tan longevo que tenía dos curvas. La curiosidad venció al miedo y decidí levantarme de la cama sin hacer ruido, pero los muelles del colchón chirriaron, lo que provocó que se me erizaran los pelos de la nuca. Caminé hacia la puerta lentamente y giré el pomo con cautela, pero este chirrió también. De nuevo el silencio, esta vez el de la noche, convertía cualquier sonido en un estruendo. Al abrir la puerta me di cuenta de que ni la abuela rezaba, ni el abuelo roncaba, y la puerta de su alcoba estaba cerrada; algo inusual. A mi izquierda tenía el ultimo lavabo y a mi derecha el pasillo largo. El ruido parecía provenir de allí.
-¿Hay alguien ahí? - Pregunté a la oscuridad que llenaba el pasillo.- ¿Eres el anima de la señora de arriba?-.
Caminé por el pasillo, y al tomar la primera curva vi una enorme y oscura silueta que se movía lentamente en mi dirección. La luz de la luna se filtraba por una pequeña ventana la cual jamás había visto antes, y cuando la silueta se acercó a ésta, pude ver lo que era: Jesucristo, el mismo de la foto del pasillo. Vestía aquella túnica color violeta y arrastraba la cruz, la cola de la cual era lo que provocaba el sonido deslizante. De su frente caían negras gotas de sangre. Se detuvo súbitamente con un movimiento mecánico y entonces levantó rápidamente la cabeza y me miró. Durante unos segundos todo se detuvo; sentí como si una enorme serpiente me rodeara y estuviera estrangulandome. Mi sangre pareció espesarse y cuando intenté gritar, de mi garganta no salió más que un débil gemido. De repente se oyó el tañido de unas campanas, y el mesías empezó a caminar de nuevo. Di unos pasos hacia atrás y en ese momento él aceleró y empezó a perseguirme. Giré en redondo y corrí hacia mi habitación, pero la puerta se cerro de repente, golpeándome la frente. Caí al suelo y vi como Jesucristo ya había dado la curva y venía hacia mí. Todas las puertas se cerraron solas. No había escapatoria. Oí el chirriar de una puerta abriéndose y al mirar al ultimo pasillo pude ver un resplandor verdoso que provenía de la habitación del final. Miré hacia allí con temor, pero al darme la vuelta vi que Jesús estaba apunto de alcanzarme, así que solo tenía dos opciones: correr hacia la habitación del final donde posiblemente se hallaba la anciana, o dejarme atrapar por Jesucristo. Me puse en pié y corrí hacia la luz verde. Al entrar en la habitación cerré la puerta detrás de mí, eché el pestillo y dí un par de pasos hacia atrás. La carrera me había quitado el aliento y jadee con todas mis fuerzas para recuperarlo. El ruido deslizante se acercaba a la puerta y yo no sabía que hacer. Cuando pude recuperarme empecé a escuchar la respiración de la anciana. Miré hacia atrás y allí estaba; sentada en la cama, con un brazo en alza y el rosario fosforescente colgando de su puño. Tenía sus blancos ojos clavados en la puerta.
-Ya.. vie..nne. - me dijo – Co..ge el.. ros..ario y... hu..ye...-.
Jesucristo empezó a golpear la puerta utilizando la cruz como ariete.
-¡Por.. la puerta.. del traga..luz!
Temblorosamente me acerqué a la anciana y cogí el rosario. Fui hacia la puerta que daba al tragaluz, pero estaba cerrada con un enorme pestillo lleno de rubín. Intenté quitarlo, pero se me fue imposible. Jesús seguía aporreando la puerta y con cada golpe caía yeso del techo. La puerta se agrietó y una parte de la cruz la atravesó. Los cirios que había en el suelo se encendieron e iluminaron la habitación con múltiples colores. Jesucristo asomó su cara de madera por el agujero de la puerta y de sus ojos empezaron a emanar gotas de sangre que acabaron por convertirse en chorros a presión. Toda la sangré fue a parar sobre la anciana y el suelo, mientras el tañir de las campanas se aceleraba. Las llamas de las velas crecieron haciendo que aquél lugar pareciera el infierno. La anciana empezó a sollozar y a llorar como un bebé.
Sentí que iba a morir; Jesucristo pronto derribaría la puerta y acabaría conmigo. No había forma de abrir el pestillo. Escruté la habitación buscando algo con que romperlo y entonces vi el retrato de aquel hombre de expresión severa; en aquel momento no me dio miedo sino fuerzas, así que lo descolgué de la pared y empecé a golpear el pestillo con él. Funcionó; el pestillo empezaba a romperse, estaba apunto de abrir la puerta cuando Jesús irrumpió en la alcoba.
-¡No! ¡Llevame a mí! ¡Deja al niño!- Gritó la anciana con poder mientras se abalanzaba sobre Jesucristo. Aproveché el enfrentamiento para abrir del todo la puerta y mientras intentaba no resbalar con la sangre del suelo, pude salir al tragaluz. Llegué a la ventana de mi habitación pero antes de colarme por ella miré hacia atrás y vi como Jesucristo golpeaba a la anciana con la cruz hasta aplastarle la cabeza.
-¡¡Nooooooooooooo!!!- Grité con rabia al ver como moría la anciana. Jesús corrió hacia mí y cuando ya estuve a punto de entrar me agarró el pié, pero conseguí darle una patada en la cara y me libré. Miré hacia las camas donde dormían Eli y Alba, pero seguían durmiendo como si no pasara nada. El mesías ya había entrado en la habitación y venía hacia mí. Ya no había escapatoria. De repente oí la voz de mi abuela en mi mente:

"Mientras el rosario esté en el cabezal de la cama, os protegerá de morir mientras dormís".

Cuando me acerqué a las camas para colgar el rosario en uno de los cabezales, Eli y Alba se levantaron, pero no eran ellas sino vírgenes de madera que me agarraron para impedírmelo. Luché con todas mis fuerzas y cuando ya estaba apunto de ser atrapado por Jesucristo... lancé el rosario al aire y éste cayó sobre el cabezal. Jesucristo y las vírgenes empezaron a arder mientras gritaban y se reducían a cenizas.

Desperté de repente, empapado en sudor. La luz estaba encendida y Alba y Eli estaban de pié, abrazadas la una a la otra, en una esquina de la habitación, mirando hacía donde yo estaba.
-Ha sido una pesadilla- Dije. Pero ellas señalaron a mis espaldas y cuando me giré, vi que el rosario estaba ahí, colgando del cabezal.

¿Quien puso el rosario de nuevo allí? Jamás lo supimos, pero nunca lo volvimos a quitar. Aquella noche comprendí algo muy importante: El rosario funcionaba. Mientras permaneciera colgando del cabezal, Jesucristo jamás podría matarme mientras dormía.


FIN

2 comentarios:

  1. Brutal!! En algunos momentos intentaba leer las líneas de más abajo para ver qué pasaba después de cada una de las terribles situaciones antes de acabarlas . Quería ir más allá para comprobar si el dsenlace de las situaciones era tan bueno e ingenioso como estas y eran mucho mejores. Enganchada al máximo y además me he reído incluso en algunos momentos!! Podría haber próxima entrega no?

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